Nació en Rosario el 11 de febrero de 1941, siendo hijo único de un médico y su esposa. A poco de su nacimiento, los padres se trasladaron a Camilo Aldao, localidad al sudeste de la provincia de Córdoba, donde transcurrió su infancia y adolescencia. A los tres años perdió a su madre, quedando a cargo de su padre, con quien mantuvo una relación conflictiva durante todo ese tiempo. Laiseca contó con frecuencia que su padre lo maltrataba, pero también le estimuló la lectura, algo que a la larga «le salvó la vida». Entre sus influencias, siempre solía citar a Oscar Wilde, Edgar Allan Poe, Gastón Leroux, Ayn Rand, H. Rider Haggard, Mika Waltari y Lao Tsé.
Tras cursar los estudios secundarios en el pueblo vecino de Corral de Bustos, comenzó la carrera de Ingeniería química en la Universidad del Litoral, en la ciudad de Santa Fe, pero en 1964, con 23 años, dejó la carrera (contrariando los deseos de su padre) y se marchó a trabajar al campo. Trabajó como peón y cosechero en Mendoza, Córdoba y Santa Fe. Dos años después, llegó a Buenos Aires, donde trabajó como peón de limpieza y más tarde como empleado de ENTel, viviendo en condiciones precarias en pensiones, experiencias que recrearía en su obra. En Buenos Aires se nucleó en el bar Moderno y entró en contacto con figuras extrañas y marginales propias de la bohemia porteña de los años sesenta, como Marcelo Fox e Ithacar Jalí (pseudónimo del artista Enrique Lerena de la Serna).
Después de publicar su primer relato, Mi mujer, en el diario La Opinión y participar en una antología de varios autores firmando con el seudónimo Dionisios Iseka, en 1976 publicó su primera novela, en la editorial Corregidor, por recomendación de Osvaldo Soriano. Aunque el título pensado por Laiseca era Su turno, el editor decidió que se publicara como Su turno para morir, recuperando su título original recién en 2010.
Tuvo que esperar a 1982 para volver a publicar, cuando una editorial especializada en autores emergentes (ediciones de Belgrano) editó su primer libro de cuentos, Matando enanos a garrotazos, donde ya empieza a dar muestras de su estilo característico, como la aparición de personajes estrafalarios, escena de violencia, disertaciones entre linyeras, monstruos, y una importante presencia del humor. El mismo año, la editorial Sudamericana publicó Aventuras de un novelista atonal, una novela breve de inspiración autobiográfica, donde ficcionaliza su propia condición de autor de una novela en la que trabajó durante diez años y que también terminó por entonces pero no vería la luz hasta dieciséis años después: Los sorias.