El desierto de los tártaros (en italiano Il deserto dei Tartari) es una novela del escritor italiano Dino Buzzati publicada en 1940. Considerada la obra maestra de Buzzati, en 1976 fue llevada al cine por Valerio Zurlini. Jorge Luis Borges escribió el prólogo de la traducción al español, en la cual elogia tanto a la obra como al autor.
La novela está ambientada en un país ficticio. La trama sigue la vida del segundo teniente Giovanni Drogo desde el momento en que, convertido en oficial, es destinado por primera vez a la fortaleza Bastiani, muy lejos de la ciudad. La fortaleza, el último puesto de avanzada en las fronteras del norte del Reino, domina la desolada llanura llamada el «desierto de los tártaros», que alguna vez fue escenario de ruinosas incursiones por parte de los enemigos. Sin embargo, no han aparecido amenazas en ese frente durante incontables años; la fortaleza, ahora privada de su importancia estratégica, es ahora solo un edificio encaramado en una montaña solitaria, de la que muchos incluso ignoran su existencia.
Después de un viaje a caballo de varios días, Drogo llega a su destino, pero su primera impresión es negativa. Le confiesa al mayor Matti que quiere pedir un puesto más cercano a la ciudad y este le aconseja esperar cuatro meses hasta el examen médico periódico, después del cual podría hacerlo trasladar por motivos de salud. Drogo consiente e inmediatamente se arrepiente de haberlo hecho, pero en este lapso sucumbe al encanto de los inmensos espacios desérticos que se abren hacia el norte. La vida en la fortaleza de Bastiani transcurre de acuerdo con las estrictas normas que impone la disciplina militar y ejerce un cierto hechizo sobre los soldados, que les impide abandonarla. Los militares se apoyan en una sola esperanza: ver aparecer al enemigo en el horizonte, contra las expectativas de todos. Enfrentarse a los tártaros, combatirlos, convertirse en héroes: esa sería la única manera de devolverle importancia a la fortaleza, de demostrar su valía y, en definitiva, de dar sentido a los años perdidos en la frontera.
El día del examen médico, que debería comprobar su incapacidad para el servicio en la fortaleza, Drogo la ve de pronto transformada; ante sus ojos se expande enormemente con pasarelas, terrazas y muros que nunca ha visto. El salvaje paisaje del norte le parece hermoso. Renuncia al traslado y se deja fascinar por los hábitos tranquilizadores y repetitivos que marcan el tiempo en la fortaleza, por la esperanza, compartida por otros compañeros, de la gloria futura.
Un día, un soldado que salió a recuperar un caballo extraviado regresa, pero, habiendo olvidado la contraseña, es abatido por un centinela, que si bien lo reconoció, se atiene a las estipulaciones del reglamento.
Algún tiempo después parece que está por suceder lo que todos esperan: largas columnas de hombres armados se acercan desde el norte a través de la llanura desierta. La fortaleza está en ebullición, los soldados sueñan con la batalla y la gloria, pero resulta que no son tártaros, sino soldados del reino vecino que vienen a definir la línea fronteriza.
Fuente: Wikipedia.